YO IBA EN LA RASTRA DE LA MUERTE

A la Memoria de:  Alfredo “Cuco” Cervantes, José Ignacio Macia, René Silva Soublete, José Millán, Santos Gil Ramos, Hermilio Quintana, Moisés Santana y José Vilarello. Sus familiares, especialmente a sus hijos.

Recién liberados los invasores miembros de la Brigada 2506, el periodista Benjamín de la Vega se dio a la tarea de entrevistar a los supervivientes de la Invasión que recién obtenían la libertad después de casi dos años de prisión en las ergástulas castristas. Con la cooperación del también brigadista Edgar A. Fernández y otros miembros de la Brigada 2506 que relataron sus experiencias, se publicaron los abusos que fueron cometidos en violación de leyes internacionales a prisioneros de guerra, los derechos humanos y sus familiares a raíz de la invasión de Bahía de Cochinos.

brigadistasA continuación el reportaje publicado con el testimonio de Edgar A. Fernández, uno de los brigadistas que compartió aquel viaje en la rastra No. 319 de la empresa ‘Ínteramérica S.A.’. Por ironías de la vida, su propietario Miguel ‘Mike’ Padrón, fue uno de los 190 prisioneros de guerra que participaron en el fatídico viaje en que perdieran la vida 8 patriotas integrantes de la brigada de asalto 2506.

“Nueve horas duró aquel fatídico viaje, semi-inconscientes, caídos unos encima de otros pisando los cadáveres de nuestros compañeros muertos, los prisioneros que íbamos rumbo a La Habana. Han pasado ya 36 años de la execrable masacre, en que la crueldad comunista produjo la muerte a prisioneros y graves síntomas de asfixia a otros 120. La historia demanda un recuerdo de este vil episodio. En el fragor del combate todo se concibe y hasta todo se perdona, pero sólo los cobardes se ensañan con los que son prisioneros. El autor de esta masacre lo fue Osmani Cienfuegos, el que aún años después de este episodio no se le ha encontrado una solo referencia histórica que combatiera frente a los invasores…

La fecha fatídica es la del sábado 22 de abril de 1961. Cinco días después del desembarco heroico en Bahía de Cochinos, en el sur de la bella isla de Cuba. 1.500 bravos combatientes se enfrentaron a fuerzas superiores estimadas en unos 62,000 hombres, fue una batalla de honor. El día 21 unos 20 hombres de mi batallón, el segundo de infantería, habíamos sido capturados en la parte noroeste de la Ciénaga de Zapata, ya habíamos casi roto el cerco que rodeaba los pantanos de la misma, y nos dirigíamos al Central Australia. Al ser hechos prisioneros fuimos enviados nuevamente al sur hacia el poblado Girón, los prisioneros éramos hacinados en unas casitas de mampostería del centro turístico que allí se había construido…

Ya nuestro grupo, llevaba cuatro días sin ingerir alimentos. El cansancio terrible que teníamos, vencía la incertidumbre y las inquietudes de nuestro espíritu, nos reconfortaba cada vez que veíamos la cara de algún compañero con el cual se había perdido contacto durante las batallas. El cansancio físico pudo más que nuestro dolor ante la derrota y el sueño nos venció. La mayoría dormía plácidamente y solo nuestro sueño era interrumpido por disparos y bombas esporádicas en la lejanía o el quejido de los que heridos, permanecían en aquellos cementos fríos sin atención médica. Al despertarnos y sentir los motores de camiones que arribaban, nos daba ira ante la impotencia, y nos preguntábamos, “¿Señor, porqué Señor?…”

“La pérdida de una batalla “, dice Edgar A. Fernández, no cambiará el destino de nuestra patria, y prosigue el relato…

“Al amanecer después de largas horas de combate, en las arenas de ‘Playa Larga, los encuentros casuales con tropas en su viaje al norte para romper el cerco, habían dejado marca en la fortaleza de aquellos hombres valerosos. Serían aproximadamente las seis de la mañana cuando los prisioneros fueron sacados de las casitas, y alineados mientras los escoltas anunciaban jubilosos… usted es ahora el campo de tiro de Limonar que allí quedan…’, los fusilan, y se acabó…”

“Las puertas de la rastra abiertas de par en par, era un camión refrigerado, guiado por Rafael Arteaga, chofer y Rafael Pérez Rubajal, ayudante, plenamente identificados por el que fuera dueño de la ‘Interamericana’. La psiquis de revivir el tormento de largas horas al sol y los insultos de las turbas hacen que aún 36 años después nuestro entrevistado se remueva en su asiento, rompe el momento de tensión la llegada de su esposa Magaly y su hijo de su mismo nombre, y continúa… Edgar nos dice mirando a su pequeño hijo… ‘Benjamín, mi hijo nació en la patria de Lincoln, algún día encontrará en los libros de historia de nuestra patria él y muchos que nacerán en este destierro y regresarán a nuestra patria y aprenderán, al repetirse las historias de este exilio; es necesario que trabajemos todos en este proyecto de crear un ‘Museo para la Brigada 2506 para el exilio, para que quede grabado y no se olvide el sacrificio de nuestros hermanos…’

Al continuar el relato, Edgar ha controlado sus emociones, ‘Si es verdad’, nos dice, que no olvidará aquellos que altaneros ante el triunfo sobre la Brigada tomaron venganza con sus compañeros como el que mató al ‘Indio’, un brigadista oriental que fue bajado de un camión a la fuerza por un miliciano que demandaba sus cadenas, reloj y sortijas, y al negarse a entregarlas fue ametrallado ante el horror de todo los presentes. Aquí, nuestro entrevistado luce pensativo, y dice ‘cobarde seguro, que en la batalla de la rotonda no tuvo el valor de avanzar y continúan en la guerra, los guapos de retaguardia son los que cometen estas fechorías…’.

imagesCAR6WOUHLa llegada de Osmani Cienfuegos, un personaje de los muchos que tomaron grados al arribo de la chusma fidelista, era Ministro de Obras Públicas como encargado de la transportación de los prisioneros, fue el verdugo de nuestros compañeros.

‘Fui de los primeros en subir’, lo que me situó necesariamente en la parte delantera y con menos luz, algo me hizo arrodillarme y encomendar mi alma al Señor, antes de desembarcar, en mis horas de batalla en ningún momento recé con más fervor y más profundamente perdí perdón por mis faltas al Señor, y expresé: ‘Señor aquí estoy en tus manos, encomiendo mi espíritu…’Según fueron subiendo aquellos compañeros de armas, los abrazos de despedida o saludo a aquellos que no habíamos visto y palabras de consuelo, casi tres horas duró esta tortura, los camiones se mantenían en el mismo lugar y el radiante sol tropical calentaba el aire que se hacía más caliente y el sudor bañaba nuestros cuerpos…’

Aquel horno increíble en que estábamos encerrados nos tenía al borde de la locura. A cada parada de la rastra, en las postas del camino, nos agotábamos dándonos golpe contra las paredes del camión y sus puertas. Clamábamos por aire y por agua. Más desde afuera, recibíamos una hosca e inhumana respuesta: ‘No nos importa que se ahoguen… Cállense o los ametrallaremos a todos. Nos da lo mismo aquí que en el campo de tiro del Limonar’.

La evaporación de nuestros cuerpos se había concentrado en el techo de la rastra, cayendo hacia nosotros en forma de continúa llovizna. Un hedor terrible producido por nuestros cuerpos ausentes de baños desde hacía una semana, aunado al orina y al excremento expulsado por los qué se desmayaban o morían asfixiados, creaba una situación imposible de soportar, sin perder el control. Así chapoteando en aquellas miasmas, iba aumentando nuestro suplicio, mientras las horas transcurrían lentamente…

La rastra transitaba por las calles de La Habana, de pronto notamos que su marcha se aminoraba o reiniciaba, con mucha lentitud, como si hubiera tráfico, por donde transitaba. El ruido casi constante de los frenos de aire o comprimido, era una tortura más en el silencio donde cuerpos sobre cuerpo medio asfixiados o muertos, sólo se oía el susurro de las oraciones… un silencio angustioso se prendió y todos estábamos conscientes de nuestra tragedia, aquel sarcófago hediondo llevaba lo cuerpos de los mejores hombres que habían participado en un asalto frontal a un bastión comunista de América, nuestros muertos y nuestras torturas daban fe.. «No estábamos equivocados, nuestro sacrificio no sería en vano…»

Por Benjamín de la Vega.

 

 

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