Opositoras, la crueldad de Castro,

La tiranía de los Castro ha buscado cambiar la historia de Cuba a la vez que mistifica hechos y protagonistas de la mal llamada revolución. Los 10,000 muertos imputados al dictador Batista fue obra del periodista Ángel Quevedo, director de la revista semanal Bohemia, y constituye una invención que el propio Quevedo reconoce en la carta despedida escrita antes de suicidarse.
El economista cubano Armando Lago, realizo un largo y minucioso trabajo investigativo próximo a publicarse, en este demuestra como la cifra real de muertos en la etapa 1952-59 es de 1,137 sumados ambos bandos, lo llamativo es que el numero mayor de muertos se producen por causas imputables a Castro y seguidores.
Fidel Castro destaca por el culto a su personalidad transformado hechos,  no hay en su cuerpo un solo rasguño en acciones, la celda en la que estuvo recluido en Isla de Pinos ha sido restaurada y convertida en parte de un museo, las condiciones que disfruto son muy diferentes a las existentes bajo su régimen. Los hechos desde el fallido ataque al cuartel Moncada, su detención, quienes le protegieron, el trato y paso por la Isla de Pinos, contrastan con las que su régimen aplica a sus opositores.
Bajo Castro han sido ejecutados sin pruebas miles de opositores, ha encarcelado a sus opositores en condiciones infrahumanas, ejemplo son las conocidas gavetas y celdas tapiadas, persiguió y persigue a mujeres incitando a sus seguidores a golpearlas, su crueldad ha llegado hasta el asesinato de niños.
Estudioso y admirador de Adolf Hitller toma de la obra de este “Mein Kampf” la frase “la historia me absolverá”, con la que se identifica su personalidad.
Nos proponemos reproducir relatos y testimonio de mujeres cubanas que han sufrido el presidio político bajo el régimen de Fidel Castro, a la vez que invitamos a las seguidoras de nuestros escritos a que comparen los mismos con los de las heroínas de la mal llamada revolución, han existido y existen, cientos y miles de mujeres cubanas dignas, que han sufrido por la brutalidad del régimen, lo mas doloroso para todas ellas son los calificativos que otras cubanas expresan de ellas, por desconocimiento o maldad, el tiempo dirá.
Nuestra contribución a romper el bloqueo de la información que el tirano ha impuesto es publicar hechos reales irrefutables. A continuación iniciamos la publicación de testimonios de mujeres que sufrieron el presidio político en la Cuba de los Castro.

Ana Lázara Rodríguez

Con apenas 21 años, se lanzó a la lucha por derrocar el gobierno de Fulgencio Batista tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952, pero ya en 1956 mantenía preocupantes conversaciones con un amigo de la niñez en su nativo Bejucal, cerca de la capital habanera. El joven, Angel María Pérez de Armas, pertenecía a la Juventud Comunista y compartiría con ella los planes que el habían preparado para el futuro: cuando la revolución triunfara, iría a México a tomar un curso de avioneta y luego a Checoslovaquia a convertirse en piloto de jets. Para ella, era evidente el estrés que le provocaba a su amigo el aceptar algo planificado con tanta antelación y sin saber a ciencia cierta si era lo que él quería hacer. Años más tarde éste cambiaría su militancia y saldría al exilio.

Por una parte, ella desesperaba porque Batista cayera, pero, por otra parte, le angustiaba la incógnita que presentaba el ascenso de Fidel Castro al poder. La confesión de Angel le daba la medida de hasta qué punto ya el Partido tenía planes totales sobre Cuba y la colocaba en una difícil disyuntiva. Ana Lázara estudiaba Medicina en la Universidad de La Habana y formaba parte de un grupo que se alistaba para alzarse en la montaña pero continuó luchando en el llano. Se sentía dividida dentro de sí misma.

A la huída de Batista y toma del poder por Fidel Castro, Ana Lázara hace una pronta transferencia de lucha y no descansa en tratar de convencer a sus ilusos compañeros del peligro que se cernía sobre Cuba. Ellos justificaban los errores de la inexperiencia; ella escudriñaba el futuro. Entre ellos se abría una brecha que se tornaría insalvable, aunque era menos arriesgado continuar peleando desde dentro del recinto universitario que afrontar en los grupos de calle el peligro de la infiltración.

 No obstante, se unió al grupo de Acción y Sabotaje del Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR). Tal como temía, su grupo estaba infiltrado por una tal Isis Nimo; más tarde comprobaría que trabajaba para la Seguridad del Estado. Desconfiando de ella, Ana Lázara inventa una trampa y la comparte con su compañera de lucha Olga González Macías. Hablan de un presunto contrabando de armas y lo sitúan, hipotéticamente, frente a la casa de una amiga de Olga. Ana Lázara finge tener que esconderse por unos días pero no revela la casa de las armas. Olga era más allegada a Isis y le confía la dirección. Efectivamente, las fuerzas de Seguridad allanaron la casa y desde las paredes hasta los muebles los hicieron añicos. Al pobre dueño de la casa se lo llevaron para interrogarlo pero lo soltaron al comprobar su inocencia. En la oscuridad, desde la casa de la amiga, ellas contemplaban el destrozo. Fue un hecho penoso, pero era la única forma de desenmascarar a Isis antes de que pusiera en peligro las vidas de los jóvenes conspiradores.

 -Olga y yo caímos en la misma causa; ella cumplió una prisión muy larga. Isis era una mujer muy inteligente y yo creo que tras este hecho ella sospechó algo e hizo redoblar la vigilancia sobre mí. Pero yo usaba todos los métodos imaginables para escaparme…me colgaba de una guagua y a media cuadra escapaba por el fondo, entraba a un edificio y salía por la puerta de servicio, y así…

 …Un día, al llegar a casa, mi madre me dijo que unos compañeros de la universidad habían estado tres veces buscándome. Enseguida supe que ya estaba cercada y tuve dos opciones: o me escapaba por los tejados o los esperaba. Y no tuve que esperar mucho. Al rato llegaron a buscarme en forma muy aparatosa pero llamaba la atención lo atemorizados que estaban. Yo era una sola persona y desarmada y ellos eran muchos, así es que para proteger a mi madre, enseguida les dije que mi cuarto estaba en la planta alta, facilitándoles el registro. Sin razón palanqueaban las armas, y yo, al comprobar el miedo de los adversarios me armé de una especie de conciencia de reto, “cuqueándolos”, contestando sus preguntas en tono de burla. Una actitud un poco suicida. Sólo encontraron un poco de azufre que yo usaba para la piel, un dinero que era de mi hermana y una caja con una cabeza de rata disecada…

 …Me llevaron para la pre-delictiva Guanabacoa hasta el juicio de la Causa 102 con Flores Ibarra como fiscal, que pidió cinco penas de muerte. Felizmente, uno de los muchachos era menor de edad e hijo de mexicano y cubana y el Embajador de México intercedió por ellos. Les conmutaron las penas de muerte por 30 años de prisión domiciliaria. Entre las mujeres que estaban conmigo recuerdo a Ilia Herrera, Nelly Urtiaga, Milagros Bermúdez, Yara Borges, Olga González Macías y Genoveva Canaval.

 Mercedes Chirino

Muy pronto comenzaron en el llano los desmanes de “los barbudos” bajados de la Sierra Maestra. Lentamente, y desde Oriente hasta Occidente, avanzaba la columna del triunfo con Fidel Castro como desafiante mascarón de proa sobre un tanque de guerra, a cada hora más endiosado por los arribistas que se incorporaban a la imponente caravana. A su paso, sin asesoramiento legal de clase alguna, los tribunales revolucionarios impartían sentencias de muerte a diestra y siniestra, a todo lo ancho y largo de la Isla. Sólo bastaba que se alzara un índice acusador para llevar a un pobre diablo ante el pelotón de fusilamiento o para imponerle a un inocente injustas y desmesuradas condenas carcelarias.

Una de las primeras víctimas de esta infamia fue Mercedes Chirino, destacada líder obrera del sector tabacalero. Huérfana desde los seis años, ella y sus hermanos sufrieron miseria, y desde muy joven comenzó a trabajar en las vegas de tabaco para sobrevivir. Los votos de sus compañeros la convirtieron en dirigente laboral. Mucho luchó Mercedes para lograr que las jóvenes obreras recibieran un aumento por la picadura, que se pagaba a sólo cinco centavos. Cuando se desploma el gobierno de Batista, ya ella tenía preparada una asamblea entre las provincias tabacaleras de Pinar del Río y Las Villas habiendo logrado un aumento hasta de 20 centavos en el interior de la Isla ya que en La Habana no se cortaba la picadura, allí sólo se despalillaba.

En reconocimiento a su liderazgo, Mercedes fue invitada a formar parte del Consejo Consultivo del Presidente Batista. Este nombramiento le costó el arresto por las huestes fidelistas en enero del 59 y el encarcelamiento en Mantilla hasta marzo del 61. Pocos días después de ser puesta en libertad, se esconde en casa de su antigua secretaria, Gloria Mejía. Para no comprometer a la familia, Mercedes se entrega a los barbudos, la arrestan de nuevo y la llevan al tenebroso G-2, falsamente acusada por unos presuntos compañeros de Caimito del Guayabal, una zona no tabacalera y jamás visitada por Mercedes.

Esposada y custodiada por seis barbudos armados con fusiles, Mercedes fue paseada en humillante desfile por la Calzada de Rancho Boyeros y otras calles hasta llegar al cuartel sin permitírseles a su hermana y otros familiares el tener acceso a ella. De allí la llevaron en un carro patrullero hasta el G-2, donde permaneció incomunicada por varios días, comprobando las escenas de horror que caracterizan a ese antro infernal. Sufriendo la impotencia de no poder brindarle ayuda, allí presenció cómo abortaba una joven maestra, también acusada en falso, casi desangrándose en medio de la indiferencia de sus carceleros.

-Yo fui encarcelada en Guanabacoa, pero al producirse el desembarco en la Bahía de Cochinos, me regresaron al G-2, donde tuvo lugar un encuentro muy interesante. Mientras yo estuve presa en Mantilla se llevó a cabo el cierre del Barrio de Colón (zona de tolerancia en La Habana). Durante la redada, les dijeron a estas mujeres los peores horrores de Raquel Valladares, de mí y de las demás presas políticas para provocar choques, pero no lo lograron. Inclusive, una a quien llamaban Julita “Macho” le pidió un favor a mi hermana. Esta se lo resolvió y le llevó el encargo a Mantilla sin aceptarle un centavo…

…Me llevaron nuevamente para Guanabacoa y me pusieron con las presas comunes. El Dr. Labrit, que me había operado de un seno en el Instituto del Cáncer, trató de verme, pero nosotros éramos los malos, de lo peor. Cuando me entraron a la galera, me aferré a la reja y así pasé toda la noche hasta que amaneció, temblando y haciendo mis necesidades…

…Aún prendida de la reja, veo aparecer a una mujer a quien reconocí y le grité, “Ay, es Julita Macho”. Esta se paró y cuando me identificó amenazó a las comunes, “¡Oiganme todas, quien toque a esta mujer es muerta!” Por eso la recuerdo, era una mujer de la calle, una cualquiera, que quiso protegerme en medio de aquella temible galera…

…Mentiría si dijera que ellas me trataron mal o se metieron conmigo, pero el salón de las comunes era horrible…con aquellas mujeres de la peor ralea, de todos los tipos, de todos los colores. Cuando las presas políticas supieron que yo estaba engalerada con las comunes, les gritaban, “¡Ella no puede estar ahí, sáquenla de ahí!”… Tras mucho batallar, mi abogado, el Dr. Tamayo, logró cambiarme para la galera de las políticas…

…Un mes más tarde, volví a mi casa. La habían saqueado. Allí guardaba las compras que yo iba haciendo a fines de cada año para repartirles juguetes a los niños y darles ropas y zapatos a mis compañeras en el campo. Yo protegía a los míos, en lo oficial y en lo particular…

Hoy, a los 84 años bien cumplidos, Mercedes Chirino entreteje sus recuerdos y el reconocimiento que le han brindado instituciones e individuos, haciéndole menos dolorosos los achaques de una salud muy quebrantada y una vida que se le escapa entre las manos sin haber podido regresar a sus amadas vegas de tabaco.

Testimonios publicados en 1995 en el libro “Todo lo Dieron por Cuba” de Mignon Medrano
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